Conocí al profesor Yuval Noah Harari en otoño de 2013, cuando cursé el programa sobre historia de la humanidad que él dirigía desde la Universidad Hebrea de Jerusalén. Un curso magnífico. Al acabar nos explicó que estaba traduciendo al inglés la obra en hebreo que usaba como esquema del programa. Y efectivamente, pocos meses después se publicó Sapiens, que poca presentación necesita después de 23 millones de ejemplares vendidos.

En los capítulos finales de Sapiens, Harari analizaba cómo la revolución científica está llevando a los humanos a superar sus limitaciones, y nos pone en el camino de convertirnos en una especie de dioses, tesis que desarrolló en mayor detalle en Homo Deus, publicado en 2015.

Harari ha reconocido en numerosas ocasiones que él, historiador, no es un experto en el futuro tecnológico. Sin embargo, debido a la popularidad de sus reflexiones sobre futuros posibles, en los últimos años ha sido invitado y consultado innumerables veces sobre el impacto que tendrá la inteligencia artificial sobre la humanidad. Al final, reconoce, sí se está convirtiendo en un experto en este campo, a fuerza de reflexionar sobre oportunidades y amenazas con los principales actores de esta revolución tecnológica

Finalmente, con su última obra, Nexus, Harari ha recogido el guante y se ha puesto a exponer de forma sistemática sus ideas sobre los retos que esta tecnología ha creado. La gran pregunta que subyace a Nexus es: ¿Qué hará la IA? ¿Qué nuevas decisiones debemos tomar para sobrevivir y prosperar como especie?

En Sapiens Harari nos enseñó como los Homo sapiens llegamos a dominar el mundo no debido a que seamos más sabios, sino porque somos los únicos animales capaces de colaborar de manera flexible y en gran número. Y eso es posible porque nos contamos relatos. En Nexus, Harari nos muestra como las redes de información controlan los límites a la colaboración, y el tipo de sociedad que es posible.

Efectivamente, en el perenne dilema social entre libertad y orden, las redes de información han configurado diferentes sociedades. La democracia tiene límites marcados por lo amplia que puede ser la conversación entre los ciudadanos. Y bajo un gobierno totalitario, la tecnología de las redes limita el control que se puede ejercer sobre las personas. La IA tanto podrá ser empleada para mejorar el funcionamiento de las instituciones como para ejercer un control sobre la población como nunca antes se ha conocido.

Harari también explora como la IA puede acabar creando otro tipo de situaciones indeseadas, como imperios digitales y un colonialismo basado en datos. Así mismo, el liderazgo de EEUU y China en esta tecnología puede también suponer la creación de un “telón de silicio” global.

En síntesis, en esta obra el autor nos recuerda que la invención de una nueva tecnología de la información funciona siempre como un catalizador de cambios históricos importantes, por el papel de la información en la generación de redes. El examen de la historia debería animarnos a prestar más atención al impacto de la revolución de la IA en los debates políticos actuales. En los próximos años las redes de información incorporarán a millones de nuevos miembros no humanos, que procesarán los datos de una manera muy diferente. Estos cambiarán definitivamente los sistemas políticos, económicos y sociales.

Sin embargo, si dejamos la autocomplacencia podemos ser capaces de crear redes de información que mantengan a raya su propio poder. Para ello debemos evitar fantasías sobre nuestra infalibilidad y empezar a construir instituciones con mecanismos de corrección sólidos.

Harari es optimista, pero nos advierte que por primera vez en la historia de nuestro planeta hemos hemos creado una inteligencia inorgánica ajena que puede escapar de nuestro control y poner en peligro toda la vida de nuestro planeta. Un libro interesante y de rabiosa actualidad.

Diego Torres, PhD

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